Hace unos 50, 60 año atrás era muy normal que las familias no tuvieran prácticamente nada de las características de una verdadera familia. Donde el machismo era muy calcado, el padre era quien dictaba lo que se podía o no hacer en el hogar, el aspecto de tirano estaba muy marcado. Por ese entonces la manera de ser del progenitor era de gran soberbia, prepotencia e ira; llegar a los golpes por una falta de respeto, por no cumplir un mandado, por una mala palabra, incluso por una mala mirada eran comunes. Muy grande era en ese entonces la falta de conciencia y de amor. No digo que esto se encuentre erradicado del mundo, pero ya estas situaciones son menores en estos tiempos.
Quizás el conversar, el plantear la situación a aquella persona que agredía sin argumentos podría haber sido una solución a tal calvario que las familias vivían, más de alguien lo habrá intentado; grandioso el que con sus palabras pudo cambiar el rumbo de esa situación.
Yéndonos a los hechos, a los actos, estos son los que valen, los que perduran, los que generan certeros cambios, en el fondo, son los ejemplos.
Revisando la historia de la humanidad, se sabe que hemos sucumbido en incontables ocasiones, y que esto es muy difícil que cambie, ya que, generar estos cambios depende netamente de uno.

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